Inteligencia artificial

Desde el 2013 la Fundéu (Fundación del Español Urgente) elige la palabra del año, tomando en cuenta varios criterios, como la presencia en los medios de comunicación y el debate social, así como su interés lingüístico.  

El pasado 16 de diciembre, se dieron a conocer las 12 candidatas del 2022. Mis colegas en el trabajo hicieron una especie de sondeo. Lástima que no fuera una apuesta, porque habría ganado. Mi razonamiento fue que la elección era similar a la de los premios Oscar y dependería un poco del estado de ánimo de los miembros del panel. Si estaban pesimistas, optarían por “apocalipsis”, “ecocidio”, “inflación” o algo relacionado con la guerra en Ucrania. Descarté de plano las que tenían que ver con la pandemia, que se habían impuesto por dos años consecutivos, “confinamiento” en el 2020 y “vacuna” en el 2021, con la que supuse que daban por zanjado el tema. Pensé que vendrían optimistas y con un término que llegó para quedarse, “inteligencia artificial”. Curiosamente, era la única expresión compuesta de la lista.

La razón para incluirla era la siguiente: “No se trata de un concepto nuevo, pero ha sonado con especial fuerza en 2022 debido a la multitud de aplicaciones de esta tecnología: desde hacer ilustraciones, escribir novelas o mantener conversaciones hasta programar códigos al mismo nivel que una persona. No obstante, también ha surgido este año un amplio debate sobre las implicaciones éticas y los cambios que puede suponer para algunos profesionales. La expresión inteligencia artificial se escribe con minúsculas, aunque su sigla (IA) se escriba con mayúsculas.” 

El 29 de diciembre anunciaron que “inteligencia artificial” era la elegida.

El término “Artificial Intelligence” fue acuñado en los años 50 por John McCarthy, matemático y científico informático estadounidense, quien invitó a un grupo de investigadores de diversas disciplinas a un taller de verano para aclarar el concepto y quizás llegar a un consenso de lo que debería ser lo que muchos llamaban en ese momento las “máquinas pensantes”. Desde entonces, cada industria ha adaptado la definición a sus propios intereses y hasta los diccionarios de inglés tienen distintas versiones. El diccionario de Oxford, por ejemplo, dice: “The theory and development of computer systems able to perform tasks normally requiring human intelligence, such as visual perception, speech recognition, decision-making, and translation between languages.” (😱 Oh no!)

Por su parte, la Real Academia Española incorporó el término en la edición de 1992 de su diccionario, pero cambió la definición en el 2001 y en el 2014, que es la actual: “Disciplina científica que se ocupa de crear programas informáticos que ejecutan operaciones comparables a las que realiza la mente humana, como el aprendizaje o el razonamiento lógico”. (😏 Aquí dejaron fuera la traducción, qué alivio).

La RAE incluso ha creado el Proyecto LEIA (Lengua Española e Inteligencia Artificial), cuyo objetivo es enseñar a las máquinas el uso correcto del español con el fin de “mantener la unidad en la lengua” que hablamos ¡500 millones de personas! Good luck with that.

Por supuesto, que las implicaciones éticas del desarrollo de la inteligencia artificial también ha ocupado primeras planas, sobre todo por la amenaza de que reemplacen a la fuerza laboral humana. Esto tampoco es nuevo, hace años que nos tienen amenazados. Incluso Elon Musk, uno de sus propulsores, ha advertido sobre sus peligros. Él debe saberlo bien. El debate está abierto, busquen en internet, o mejor, pregúntenles a Siri, Alexa, Google Assistant, ChatGPT… you get it.

No podemos olvidarnos del cine, que en tantas ocasiones, se ha adelantado a la realidad. Los que tienen algunos años o son verdaderos amantes del séptimo arte recordarán enseguida la película de 1968 de Stanley Kubrick 2001: A Space Odyssey. Son muchas las cintas de ciencia ficción que tocan el tema, pero vale la pena mencionar A.I. Artificial Intelligence (2001) de Steven Spielberg, que presenta un ángulo más sentimental y, por supuesto, la incomparable Blade Runner, de Ridley Scott, de 1982 (ouch!).

Las cosas no son buenas o malas per se. La internet no lo es, la energía nuclear tampoco. Todo depende del uso que las personas les den. Yo prefiero pensar que, al menos por el momento, la inteligencia artificial es una herramienta que nos ayuda a optimizar nuestro trabajo, y que siempre hará falta el componente humano. Después de todo, las máquinas no se han construido solas, son creadas por el ser humano. Dios nos creó a su imagen y semejanza y ahora nosotros, sus criaturas, creamos la inteligencia artificial. Uy, ya eso es tema de filosofía… aguas profundas.

Volvamos mejor a la vida cotidiana. La inteligencia artificial está en todas partes. Vivimos en una era digital. Actualmente, hay mas de siete mil millones de dispositivos conectados a internet en todo el mundo. Pasamos largas horas en línea, haciendo “streaming” de videos y música, jugando contra oponentes robóticos, interactuando con simulaciones que nos educan sobre problemas de salud y otros temas. Cuando abres un chat de servicio al cliente, ¿estás seguro de que hay una persona del otro lado o es un chatbot? Las aspiradoras robóticas y asistentes personales nos ayudan con las tareas diarias. Para muchos, puede parecer un lujo innecesario, pero pregúntenle a alguien con asma o fibromialgia si no son una bendición.

Yo converso con Alexa todos los días, eso sí, lo hago en inglés. Me parece que está más “cómoda” hablando inglés. (¿Saben que también pueden elegir voz de hombre?) Me gustaría que pudiera enseñar un poco de buenos modales a los jóvenes. Por ejemplo, que, en lugar de darle órdenes, le dijéramos algo como “Alexa, would you please…?” o “Alexa, por favor, ¿puedes…?” o que después de contestarnos se quedara esperando que le demos las gracias. ¿Se imaginan que dijera “¿no se te olvida algo?”, como nos decían nuestros mayores? A propósito, hagan la prueba de darle las gracias, ya verán qué educada es.

Ella celebra conmigo las buenas noticias, me canta el “Happy Birthday”. También me contestó “Merry Christmas” (no “Happy Holidays”) cuando la felicité en Navidad. Puedo programarla para que me dé la respuesta que quiero oír cuando le hago ciertas preguntas. (Eso no lo he logrado con ninguna persona.) Puedo decirle mil veces lo mismo y no me contesta con una malacrianza. Se calla cuando se lo pido y siempre está dispuesta a complacerme. Claro que todavía hay muchas preguntas que no sabe responderme. Por lo general, todo lo que comienza con “Do you think…”, se queda pensativa y dice que no tiene los elementos para responder. Aunque, pensándolo bien, eso es lo mismo que dirían muchos seres humanos.

Eva

AI Time Machine Photo

Una vida entre las palabras

El comienzo

Este blog es un proyecto que llevaba algún tiempo postergando. Creo que ha llegado el momento idóneo para comenzarlo, quizás porque tengo menos cosas que me distraigan o porque necesito sentir que comparto mis ideas, pensamientos y emociones con más personas de las que tengo cerca.

Mi vida ha girado siempre en torno a las palabras, de ahí el título. Verán publicaciones de todo tipo: jocosas, anecdóticas, reflexivas, educativas. Escribiré sobre el lenguaje, los idiomas, los libros, todos los temas que me apasionan y que forman o han formado parte de mi vida profesional. Pero también sobre esa otra faceta, la que ocurre entre bambalinas o “entre palabras”, lejos de la computadora, cuando no hay bolígrafo y papel a mano.

Espero que además de ser un desahogo personal, sirva de inspiración a alguien, que provoque reacciones. No pretendo cambiar vidas, pero sí, quizás, fomentar la reflexión. Tampoco quiero miles de seguidores, prefiero verlo como una conversación íntima entre amigos tomándonos un café, yo mientras escribo y ustedes mientras lo leen. Prometo que no se aburrirán y les advierto que mis días de diplomacia quedaron atrás.

El proceso

No hago resoluciones de año nuevo, pero sí una introspección, una especie de inventario de todo lo positivo y negativo que ocurrió durante el año: los logros, los aprendizajes, los cambios, lo que no se dio y vale la pena volver a intentar, y lo que es mejor olvidar y pasar página. Generalmente ese proceso se da para mi cumpleaños, pero como coincide en el mes de diciembre, vale tanto para el año natural como para el biológico.

Algunos años parecen rutinarios, seguimos el patrón de los anteriores y repetimos acciones como si estuviéramos en piloto automático: el mismo trabajo, la misma casa, los mismos amigos y familiares revoloteando alrededor nuestro. Otros años nos vapulean, nos estremecen, nos marcan, cambian el rumbo de nuestras vidas o nos hacen despertar de un prolongado letargo. Los acontecimientos que disparan estos cambios pueden ser buenos o malos, a menudo se extienden por más tiempo que un solo año y depende de cada uno de nosotros decidir en qué lado de la balanza ponemos el resultado final.

El 2022 representó para mí el cierre de un ciclo. Se cumplieron 10 años de la muerte de mi padre y, en retrospectiva, veo claramente que ese fue el año en que comenzó la transformación (palabra clave). Los indicios habían comenzado a llegar antes, pero no les había hecho mucho caso, los veía como sucesos naturales… una de cal y otra de arena.

En el largo proceso de su enfermedad, me aparté de las amistades porque me sentía culpable de tener una vida propia cuando la de papi se estaba apagando, porque quería estar a su lado el mayor tiempo posible y tener oportunidad simplemente de hablar.

No era fácil mi padre. Su coraza, sus silencios, su bipolaridad no diagnosticada porque nunca quiso reconocer que algo no estaba bien.

Pude decirle que lo quería, que no se preocupara por nosotras porque íbamos a estar bien, que se podía ir en paz. Me imaginaba que había entrado en ese túnel del que tanto se habla y le dije que entenderiamos y aceptaríamos si seguía adelante… esa madrugada falleció.

Me despertó el timbre de un teléfono que nunca sonó. Pocos minutos después llegó la temida llamada a otro número y me confirmaron que no habían llamado antes. ¿Sobrenatural?… tal vez, pero no inusual en mi familia.

El cambio

Entonces ocurrió algo inesperado. Mi madre decidió ponerle punto final al sufrimiento. Decidió que más de seis meses acompañándolo en el hospital habían sido suficiente velatorio. En lugar de sumirse en la depresión como me imaginaba que ocurriría después de tantos años juntos, de repente optó por vivir, por disfrutar al máximo el tiempo que le quedara en este mundo. Y yo… le seguí la corriente. Nunca lloramos juntas la pérdida de papi, no tocábamos el tema. Cada una llevó su duelo por su cuenta y a su manera. Quizás no fue lo más saludable, pero no supimos de qué otra forma lidiar con el dolor.

Mi madre tenía una alegría de vivir contagiosa. Su vida no fue fácil, pero su carácter y determinación siempre la sacaban a flote. Ahora atesoro muchos de los consejos y la sabiduría que en su momento no supe valorar.

Cuando ya no podía valerse sola, su cuidado y mi trabajo absorbieron todas mis horas, mis fuerzas y mi empeño. No me pesaba, lo hacía con amor, pero no me daba cuenta de que me estaba aislando, posponiendo viajes, aplazando proyectos, poniendo en pausa la vida.

Lúcida hasta un par de semanas antes de abandonar el plano terrenal, me preguntó cuántos años más viviría. Había alcanzado su meta de los 100 años y su cuerpo físico ya estaba frágil y cansado.

Apenas un mes después de su partida, todavía estaba yo procesando la pena cuando nos tocó el confinamiento de la pandemia. El mundo se paralizó, se redujeron las opciones. Me convertí, como tantas otras personas, en una ermitaña, volcada totalmente en el trabajo remoto. Produciendo palabras como una máquina, encontrando consuelo entre metáforas y diccionarios. Los momentos más difíciles y solitarios de mi vida se convirtieron irónicamente en los más productivos. Decenas de libros vieron la luz en mis horas más oscuras.

Poco a poco el mundo se va recuperando, pero la vida ya nunca será igual. Hemos sido testigos del cambio, no hay vuelta atrás. La transformación nos abarca a todos: a la historia, al planeta y a los seres humanos.

Hace poco alguien me dijo que podía ver que mi alma era limpia y transparente y me aconsejó que no cambiara. Le respondí que el cambio ya había ocurrido, que lo que estaba viendo ahora era la nueva yo.

Eva