Una vida entre las palabras

El comienzo

Este blog es un proyecto que llevaba algún tiempo postergando. Creo que ha llegado el momento idóneo para comenzarlo, quizás porque tengo menos cosas que me distraigan o porque necesito sentir que comparto mis ideas, pensamientos y emociones con más personas de las que tengo cerca.

Mi vida ha girado siempre en torno a las palabras, de ahí el título. Verán publicaciones de todo tipo: jocosas, anecdóticas, reflexivas, educativas. Escribiré sobre el lenguaje, los idiomas, los libros, todos los temas que me apasionan y que forman o han formado parte de mi vida profesional. Pero también sobre esa otra faceta, la que ocurre entre bambalinas o “entre palabras”, lejos de la computadora, cuando no hay bolígrafo y papel a mano.

Espero que además de ser un desahogo personal, sirva de inspiración a alguien, que provoque reacciones. No pretendo cambiar vidas, pero sí, quizás, fomentar la reflexión. Tampoco quiero miles de seguidores, prefiero verlo como una conversación íntima entre amigos tomándonos un café, yo mientras escribo y ustedes mientras lo leen. Prometo que no se aburrirán y les advierto que mis días de diplomacia quedaron atrás.

El proceso

No hago resoluciones de año nuevo, pero sí una introspección, una especie de inventario de todo lo positivo y negativo que ocurrió durante el año: los logros, los aprendizajes, los cambios, lo que no se dio y vale la pena volver a intentar, y lo que es mejor olvidar y pasar página. Generalmente ese proceso se da para mi cumpleaños, pero como coincide en el mes de diciembre, vale tanto para el año natural como para el biológico.

Algunos años parecen rutinarios, seguimos el patrón de los anteriores y repetimos acciones como si estuviéramos en piloto automático: el mismo trabajo, la misma casa, los mismos amigos y familiares revoloteando alrededor nuestro. Otros años nos vapulean, nos estremecen, nos marcan, cambian el rumbo de nuestras vidas o nos hacen despertar de un prolongado letargo. Los acontecimientos que disparan estos cambios pueden ser buenos o malos, a menudo se extienden por más tiempo que un solo año y depende de cada uno de nosotros decidir en qué lado de la balanza ponemos el resultado final.

El 2022 representó para mí el cierre de un ciclo. Se cumplieron 10 años de la muerte de mi padre y, en retrospectiva, veo claramente que ese fue el año en que comenzó la transformación (palabra clave). Los indicios habían comenzado a llegar antes, pero no les había hecho mucho caso, los veía como sucesos naturales… una de cal y otra de arena.

En el largo proceso de su enfermedad, me aparté de las amistades porque me sentía culpable de tener una vida propia cuando la de papi se estaba apagando, porque quería estar a su lado el mayor tiempo posible y tener oportunidad simplemente de hablar.

No era fácil mi padre. Su coraza, sus silencios, su bipolaridad no diagnosticada porque nunca quiso reconocer que algo no estaba bien.

Pude decirle que lo quería, que no se preocupara por nosotras porque íbamos a estar bien, que se podía ir en paz. Me imaginaba que había entrado en ese túnel del que tanto se habla y le dije que entenderiamos y aceptaríamos si seguía adelante… esa madrugada falleció.

Me despertó el timbre de un teléfono que nunca sonó. Pocos minutos después llegó la temida llamada a otro número y me confirmaron que no habían llamado antes. ¿Sobrenatural?… tal vez, pero no inusual en mi familia.

El cambio

Entonces ocurrió algo inesperado. Mi madre decidió ponerle punto final al sufrimiento. Decidió que más de seis meses acompañándolo en el hospital habían sido suficiente velatorio. En lugar de sumirse en la depresión como me imaginaba que ocurriría después de tantos años juntos, de repente optó por vivir, por disfrutar al máximo el tiempo que le quedara en este mundo. Y yo… le seguí la corriente. Nunca lloramos juntas la pérdida de papi, no tocábamos el tema. Cada una llevó su duelo por su cuenta y a su manera. Quizás no fue lo más saludable, pero no supimos de qué otra forma lidiar con el dolor.

Mi madre tenía una alegría de vivir contagiosa. Su vida no fue fácil, pero su carácter y determinación siempre la sacaban a flote. Ahora atesoro muchos de los consejos y la sabiduría que en su momento no supe valorar.

Cuando ya no podía valerse sola, su cuidado y mi trabajo absorbieron todas mis horas, mis fuerzas y mi empeño. No me pesaba, lo hacía con amor, pero no me daba cuenta de que me estaba aislando, posponiendo viajes, aplazando proyectos, poniendo en pausa la vida.

Lúcida hasta un par de semanas antes de abandonar el plano terrenal, me preguntó cuántos años más viviría. Había alcanzado su meta de los 100 años y su cuerpo físico ya estaba frágil y cansado.

Apenas un mes después de su partida, todavía estaba yo procesando la pena cuando nos tocó el confinamiento de la pandemia. El mundo se paralizó, se redujeron las opciones. Me convertí, como tantas otras personas, en una ermitaña, volcada totalmente en el trabajo remoto. Produciendo palabras como una máquina, encontrando consuelo entre metáforas y diccionarios. Los momentos más difíciles y solitarios de mi vida se convirtieron irónicamente en los más productivos. Decenas de libros vieron la luz en mis horas más oscuras.

Poco a poco el mundo se va recuperando, pero la vida ya nunca será igual. Hemos sido testigos del cambio, no hay vuelta atrás. La transformación nos abarca a todos: a la historia, al planeta y a los seres humanos.

Hace poco alguien me dijo que podía ver que mi alma era limpia y transparente y me aconsejó que no cambiara. Le respondí que el cambio ya había ocurrido, que lo que estaba viendo ahora era la nueva yo.

Eva

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